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miércoles, 27 de junio de 2012

MARIQUITA LA CHICHARA, MI ABUELA

         

Isidro, mi abuelo

Mi abuela María, Mariquita la Chíchara, en los últimos años de su vida, se llevaba todo el día trajinando en su choza de la calle Sanlucar, (de donde salió mi abuelo para ser fusilado el 4 de septiembre de 1936), algunas vecinas venían a verla, a veces algunos de sus hijos o de sus nietos; pero ella prefería pasar el día sola, en su choza: cuidando de sus gallinas, de los pollitos, de sus macetas, amasando pan y haciendo jallullas, ¡todo el día enredando! Por la tarde noche, se iba a casa de mi prima Juanita, su nieta mayor, y allí se quedaba a dormir. Mi prima Juanita era para ella como una hija. Era la primera nieta, estaba casada y siempre la trató como a su madre: con cariño, dulzura y delicadeza. Todos los días se levantaba muy temprano y volvía a la choza. –Abuela, ¿dónde va usted, tan temprano? –decía mi prima Juanita. ¡Tengo que cuidar de mis gallinas: darles de beber, ¡que estarán sequitas!; sacarlas del gallinero, recoger los huevos, que si no, se los comen los gatos y las ratas; además no voy a tener mi casa todo el día abandoná –le contestaba mi abuela, enfadada. Eran, la mayoría de los días, las siete u ocho de la  mañana.


Luz Divina, mi madre

         Todo el día se llevaba bregando en su casa y en sus cosas, ya era mayor, siempre esperaba de forma paciente y con ansiedad, la llegada de mi tío Isidro de la Marisma de Doñana, donde estaba de guarda; hablaba con la tata Isabel “La Coraje”, que le llevaba un cafelito a media mañana; algunas tardes la pasaba con Inés “La Tábana”, hablando de sus cosas: cosas de viejas –decían las dos riéndose; el “Rubio Calavera”, pasaba por la puerta y se metía con ella: Mariquita, ¿todavía no es hora?, mientras mi abuela pintaba el zócalo de gris y barría la puerta de la choza; a veces, Manolito “El de Cobo”, le ayudaba a meter la leña dentro de  la choza, para que no se la llevaran de la puerta –que buena persona era Manolito y que mala suerte ha tenido, el pobre –se lamentaba entre dientes mi abuela. Casi al final, le dieron una paguita escasa después de la muerte de Franco, ¡una miseria!

         Su vida fue muy dura después del asesinato de mi abuelo. Mujer estigmatizada en una sociedad oscura y represiva. Mujer de “rojo” fusilado por el franquismo. Frágil y fuerte; sensible y resistente; dulce y dura. Para ella, la vida fue de negro: luto siempre, pañuelo negro, toca negra, medias negras. Recuerdo a mi abuela: siempre de negro. Con cinco hijos, la mayor con doce años; trabajó intensamente, pero se veía feliz, a veces la escuchabas canturrear mientras hacía sus cosas en el corral o en la zona del horno. Su horno de leña era su sustento, cargaba con la leña a la espalda, lo caldeaba por la mañana muy temprano, hacía pan bazo y  jallullas, que vendía a la calle. Con esto sacaba para ir tirando. Tenía gallinas, cochinos, sembraba un huerto en el corral, cerca de la Marisma: con ajos, cebollas, melones, sandias, tomates, pimientos. Hasta que la “Madre” lo inundaba todo. Todo para el sustento del día a día. Incansable, no paraba en todo el día.

Mi madre y mi tía, muy jóvenes, se fueron a “servir”, ganaban poco, pero eran dos bocas menos. Cuando mi tía Ángela fue mayor, mi abuela la mandó a “servir” a Sevilla, en una casa muy buena, de unos señores que la tratan muy bien –decía mi abuela a las vecinas, con lágrimas en los ojos. -Mi niña con lo “bruta” que es, espero que se adapte -remataba. Para mi tía, fue una tragedia, pero no había otra forma de seguir adelante. ¡Qué buena la señorita Luisa! Me daba mucha ropa usada, para mi madre y mis hermanas, y además me buscó un colegio interno para mi Anita y para mi Isidro, estupendo –decía mi tía, convencida. ¡Gracias a los señores, pudimos seguir adelante! Al final de sus días, mi tía Ángela, consideraba y defendía, que aquella Casa en Sevilla, en la Avenida la Palmera, le devolvió la vida, pero le costó adaptarse y lloró mucho.

         Trozos de vidas, trocitos de historias, cachos de sentimientos que van componiendo el puzle de la vida de mucha gente, víctimas del olvido y víctimas de la tragedia del franquismo. Olvidadas más de cuarenta años, enterradas en vida, estigmatizadas con el color y enfrentándose a una postguerra de miseria y hambre. Estas mujeres se fueron haciendo con la fortaleza que da el dolor y la tragedia, han tenido que irse componiendo, que ir peleando para subsistir, a veces, contra su propia familia: su prima Anita, su tío Salvador, su cuñado Bartolomé y la Rebujina. Gente que no comprendían la permanencia del dolor, del luto, de la tristeza, de la tragedia y de la vida marcada por su  desdicha. Contribuyeron día a día a su desgracia. Ellos no buscaron la compresión, ni la ayuda, ni el apoyo. Aunque sí aumentaron su dolor.

         Siguiendo con la historia de mi abuela María Vargas, que ya publiqué en mi blog: el día que fue el Sr Obispo de Huelva a verla, estaba en la cama muy enferma.  Le dio la extremaunción  y ella le pidió, que bendijera los libros de su nieto, que estudiaba para médico. Los libros estaban en una estantería de madera a los pies de la cama. El Sr. Obispo de forma casi mecánica, los bendigo y le deseo mejoría. ¡Dios nos proteja y nos acoja en su seno, Mariquita!  Fueron sus últimas palabras, y salió con el cortejo.

         Fue de gran ayuda, después de tres años, terminé la carrera de Medicina, entonces estaba en tercero. Como ya dije, mi abuela murió antes de que yo terminara Medicina, no pudo disfrutar, ni ver cumplido su deseo. Para ella era importante y hermoso, tener un nieto médico. Esto recompensaba algo toda su desgracia. Hay que tener en cuenta, que después de sus circunstancias personales, en aquellos tiempos ser médico era algo especial y excepcional. Los médicos ejercían un gran poder real y simbólico, para una población que había vivido tantos años en la miseria y el olvido, y en el caso de mi familia, más. El Rocío solo existía durante la romería. El médico tardó mucho tiempo en ir al Rocío  una tarde a la semana a pasar consulta.

         La idea de poner la relación de libros en aquella estantería, me la dio mi amigo Francisco Espinosa, que hablando del blog del http://www.elnietodeisidro.es/, le sorprendió ese relato y me preguntó por los libros que bendijo el Sr. Obispo. Le dije algunos y me recomendó que los subiera al blog, que le parecía un listado interesante.  No hay ánimo de nada, solo comprobar, después del tiempo transcurrido, lo que me valió la bendición del Obispo, al que le estoy agradecido. Hoy soy médico y sociólogo. Nada tiene tanto poder como la fe y la bendición, a parte del trabajo duro, diario y continuo.  

         Entre otros, los libros de la estantería eran: Manifiesto Comunista y El Capital de Marx; Los Conceptos Elementales del Materialismo Histórico de Marta Harnecker; La Antipsiquiatría de Laing; El Rayo que no cesa de Miguel Hernández; La Casa de Bernarda Alba de García Lorca; Bajo la Rueda de Herman Hesse; Psiquiatría y Antipsiquiatría de Cooper; La Psicología de Jung; La Hojarasca de García Márquez; La Mayoría Marginada de Basaglia; además de libros de anatomía, biología, estadística, histología y neurología.  En fin, este es el listado de libros, sin ánimo de exactitud, creo que me faltan algunos, de alguien que se abría camino y empezaba un recorrido tortuoso y difícil desde El Rocío a Sevilla, a la Universidad, a la Medicina, a la vida.  Mi abuela fue para mí una persona excepcional y fundamental,  e influyó de forma decisiva en mi vida, en mi desarrollo y en lo que hoy soy.  

Rafael López Fernández
Dos Hermanas, 25 de junio de 2012


TODAVÍA EN LA FOSA

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