sábado, 24 de enero de 2026

Familia de mis abuelos

                                                                 Foto de familia. Única foto de mi abuelo

Esta foto de familia clásica (centrada y triangular), es la única que tenemos de mi abuelo Isidro. La tenía mi tía María escondida. Cuando inicié la investigación sobre mi abuelo, me llegué a casa de mi tía en la calle Sacrificio y le pedí si tendría alguna foto de abuelo. Me dijo, que la única fotografía que habían conservado de abuelo era ésta. La tenía guardada en un cartapacio, y aunque estaba un poco deteriorada y rota en el ángulo superior derecho, me la entregó. Ella ya presentía su final. Cuídala, es la única que tenemos -me dijo mi tía y me puso un café. Aprovechamos aquella tarde para hablar de los abuelos y sus recuerdos. 

- Mi madre, pobrecita, sufrió mucho. Se quedó sola con cinco hijos (cuatro hijas y un niño casi recién nacido). Yo era la mayor y tenía 12 años, figúrate -decía mi tía con lágrimas en los ojos acompañadas de múltiples suspiros. 

Al poco tiempo de aquello murió mi tía María. Estuvo mucho tiempo en la marisma, mi tío Juan, su marido, era guarda del Coto de Doñana. 

A MI ABUELA MARÍA 

El duelo suspendido

Oí tu voz dormida,

en el lecho inerte de la muerte.

¿Estabas ahí?

No respondiste.

Y lloramos.

Encontrarte era mi deseo,

pero aún estás desaparecido.

Nadie te busca,

nadie te ve,

a nadie importas.

Y me duele en el alma.


Durante toda su vida, mi abuela Mariquita la Chichara se movió entre la intimidad del susurro (“oí tu voz dormida”) y la violencia estructural, sentida por la familia por el abandono colectivo y la falta de respuesta a la inquietud sentida (“nadie te busca”). La tensión se centra en un sentimiento de dolor familiar y social.

La pregunta “¿estabas ahí?”: es la paradoja central de una voz en “el lecho de la muerte” que no confirma su existencia. Esta indeterminación, en los términos tratados por la Memoria Histórica, equivaldría a una desaparición forzada, que su familia, como comunidad mínima, llora, y constata la falta de interés social y político, en el que “nadie te busca”, reforzando el sentimiento de desamparo familiar y la falta de respuesta social.

El abandono se centra en la reiteración del “nadie”, que acusa. No solo por el dolor de la pérdida, sino por la indiferencia social e institucional, que no han sido capaz de reaccionar ante la tragedia sufrida, ni siquiera después del franquismo y la dictadura, como hecho de dignificación. Ningún partido se tomó en serio la Memoria, tuvo que pasar más de cuarenta años del fin de la dictadura, para que se aprobara la primera Ley de Memoria Histórica por un gobierno socialista. 

La parte final: “me duele el alma”, devuelve a la sobriedad coherente y testimonial de la memoria personal y familiar, como expresión de un silencio impuesto por la dictadura franquista, como forma de rechazo y expresión íntima de su repulsa y grito de dolor.

En su parte etnográfica y literaria, el poema integra: desaparición forzada, memoria sentida desde los aspectos más femeninos (los hombres han expresado un sentimiento más distante y oculto sobre la memoria) y un intento de transmisión intergeneracional. Se comporta como un texto interpretativo de los sentimientos personales (más de las mujeres —madres, hijas, viudas— de la familia) que no necesita demasiada explicación. La lucha contra el olvido de lo que somos es dolorosa, ya que ese dolor forma parte del ADN de lo que somos como pueblo, que no se porqué se quiere pasar de soslayo y hurtadilla. 

La muerte es un estado prolongado de indeterminación, por lo que la voz “dormida” y oída en el “lecho inerte de la muerte”, no confirma, sino que pone en duda su propia presencia. El duelo “sin cuerpo” y “sin ritual”, característicos de las desapariciones forzadas y políticas, suspenden el derecho a una sepultura y a la memoria pública.

La voz femenina ha situado la memoria como una experiencia histórica en la que las mujeres han sido las depositarias del recuerdo, que al mismo tiempo, las más obligadas al silencio. En el poema hay un duelo escindido entre el sentimiento privado y familiar y lo colectivo, como desmemoria pública. El “olvido” se comporta como una forma de violencia institucional en el campo de lo visible, contable y decible. El dolor personal, se acrecienta con la indiferencia social y política, que se intenta que las generaciones futuras lo retomen mientras no se haya reconocido y dignificado por la sociedad.

En esta caso, el dispositivo de transmisión intergeneracional pretende que siga siendo oída por los que no la conocieron directamente. La memoria, no se comporta como dato de archivo, sino como afecto persistente y expresivo de un lenguaje que se convierte en una forma de cuidado y constancia, como un gesto mínimo de restitución de la memoria frente a la desaparición.










lunes, 5 de enero de 2026

UNA TARDE EN EL ROCÍO

 


                Foto de mi abuela María CON amigas y familia en El Rocío. 

Esta foto expresa un dolor que trasciende al tiempo, un sentimiento unido y solidario, y expresa la emoción contenida por las ausencias. Aunque la memoria se aplaque, el calor del encuentro y el abrazo, confluyen y expresa un deseo, una solidaridad, que fortalece los íntimos lazos entre ellas.

La fotografía, en blanco y negro, de un grupo intergeneracional de mujeres, acompañadas por algunos niños, reunidas en un espacio interior doméstico. La disposición es frontal, estática y solemne. Todas miran al fotógrafo, excepto una que mira al niño que está en el centro de la imagen (Mi primo Salvador). Predominan los vestidos oscuros, los delantales, los rostros serios y la ausencia de gestualidad festiva, lo que remite a un tiempo de cotidianidad austera, al final de la década de los 60 del siglo XX.

Es un espacio funcional, con ventana grande donde la luz entre detrás resaltando las siluetas y las figuras que componen la escena. Una imagen previa a la transformación del Rocío, cuando la aldea funcionaba como un espacio de vida y subsistencia. Una imagen de grupo, que da soporte a la memoria colectiva, diluyendo la identidad personal.  No hay nostalgia, sino una estructura social encarnada, con una aldea como lugar habitado y no representado.   

Este grupo de mujeres, sin ninguna figura masculina adulta, reproducen un eje social y cultural que vertebra la transmisión de una memoria doméstica, valores, saberes y relatos de una historia no monumental ni folclórica.  Son las mujeres las que sostuvieron y sostienen la vida cotidiana de la aldea, pero quedaron excluidas del discurso patrimonial dominante, controlado por el ayuntamiento, la iglesia y las hermandades filiales. La fotografía muestra un lugar vivido, en el sentido de Marc Augé: cargado de relaciones, afectos y repetición cotidiana, que contrasta con lo que El Rocío se ha convertido en la actualidad: un espacio económico, turístico y ritualizado. Leída en la actualidad, la fotografía se convierte en un acto de resistencia de la memoria.

Esta imagen funciona como postmemoria: quienes no vivieron ese tiempo acceden a él a través de imágenes heredadas que activan emociones, relatos familiares y sentimiento de pertenencia. Es una vuelta al pasado de la aldea a través de imágenes como umbral temporal, donde pasado, presente y ausencia conviven. La presencia de los niños, sobre todo mi primo Salvador, en primer plano, produce tensión temporal, donde el futuro aparece en el soporte de un pasado que ya no existe.

En lo más implícito de la fotografía: mi abuela, Mariquita la Chíchara, se reúne con sus amigas y parte de su familia, en una tarde cualquiera en El Rocío. No muestra ningún protagonismo. Entre todas, contemplan la vida y superan la pérdida, cada una la suya, a pesar de que sus corazones, rotos para siempre, no pueda componerse en su integridad. Una miranda limpia y clara soporta chapetas doradas y visibles. Protegida por sus hijas y el destino, encierra la pena, que comparte, por el asesinato de mi abuelo Isidro.

Sorprende la presencia de Eloína, mujer asturiana, viuda también, de un asesinado por el franquismo, amigo de mi abuelo Isidro que se conocían de la zona leonesa de Sena de Luna, cerca de Asturias. Nos preguntamos: ¿Qué hace Eloína en El Rocío, tomando un café en la choza de mi abuela María? Esta pregunta, hasta hoy, no ha tenido ninguna respuesta.

Este acto significa un alto grado de amistad, unidad y comprensión en tiempos muy difíciles para sus destinos. Juan Antonio Valverde, (investigador e historiador asturiano) descubre esta relación en las redes sociales cuando subí esta foto al blog del nieto de Isidro. De ese hecho, descubrimos el lugar de nacimiento de mi abuelo, hasta entonces desconocido para toda la familia: Sena de Luna (León). Casualidades de la memoria.

Mujeres diversas que han pasado desapercibida para la historia de la aldea, donde sus vidas y recuerdos han quedado encerrados en el seno de la familia, o en las imágenes del pasado de una fotografía.  En la foto el pasado y el presente se dan la mano, donde ya se vislumbra un futuro incierto, que se abre camino en los momentos difíciles de los que parten.  

El encuentro

El alma busca su destino

en montañas leonesas,

donde la tierra se funde con el cielo.

¡Escapémonos juntos!

Que no atrapen tu corazón,

ni dejes tu vida entre las flores.

Ilusos son tus labios

cuando expresan:

mi fuerza está en tus ojos,

los que vi, en ese instante

donde la muerte me habita.

En ese Mar azul,

donde vivimos eternamente.

 Rafael López Fernández, El Rocío, enero 2026

Familia de mis abuelos

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