Esta foto de familia clásica (centrada y triangular), es la única que tenemos de mi abuelo Isidro. La tenía mi tía María escondida. Cuando inicié la investigación sobre mi abuelo, me llegué a casa de mi tía en la calle Sacrificio y le pedí si tendría alguna foto de abuelo. Me dijo, que la única fotografía que habían conservado de abuelo era ésta. La tenía guardada en un cartapacio, y aunque estaba un poco deteriorada y rota en el ángulo superior derecho, me la entregó. Ella ya presentía su final. Cuídala, es la única que tenemos -me dijo mi tía y me puso un café. Aprovechamos aquella tarde para hablar de los abuelos y sus recuerdos.
- Mi madre, pobrecita, sufrió mucho. Se quedó sola con cinco hijos (cuatro hijas y un niño casi recién nacido). Yo era la mayor y tenía 12 años, figúrate -decía mi tía con lágrimas en los ojos acompañadas de múltiples suspiros.
Al poco tiempo de aquello murió mi tía María. Estuvo mucho tiempo en la marisma, mi tío Juan, su marido, era guarda del Coto de Doñana.
A MI ABUELA MARÍA
El duelo suspendido
Oí tu voz dormida,
en el lecho inerte de la muerte.
¿Estabas ahí?
No respondiste.
Y lloramos.
Encontrarte era mi deseo,
pero aún estás desaparecido.
Nadie te busca,
nadie te ve,
a nadie importas.
Y me duele en el alma.
Durante toda su vida, mi abuela Mariquita la Chichara se movió entre la intimidad del susurro (“oí tu voz dormida”) y la violencia estructural, sentida por la familia por el abandono colectivo y la falta de respuesta a la inquietud sentida (“nadie te busca”). La tensión se centra en un sentimiento de dolor familiar y social.
La pregunta “¿estabas ahí?”: es la paradoja central de una voz en “el lecho de la muerte” que no confirma su existencia. Esta indeterminación, en los términos tratados por la Memoria Histórica, equivaldría a una desaparición forzada, que su familia, como comunidad mínima, llora, y constata la falta de interés social y político, en el que “nadie te busca”, reforzando el sentimiento de desamparo familiar y la falta de respuesta social.
El abandono se centra en la reiteración del “nadie”, que acusa. No solo por el dolor de la pérdida, sino por la indiferencia social e institucional, que no han sido capaz de reaccionar ante la tragedia sufrida, ni siquiera después del franquismo y la dictadura, como hecho de dignificación. Ningún partido se tomó en serio la Memoria, tuvo que pasar más de cuarenta años del fin de la dictadura, para que se aprobara la primera Ley de Memoria Histórica por un gobierno socialista.
La parte final: “me duele el alma”, devuelve a la sobriedad coherente y testimonial de la memoria personal y familiar, como expresión de un silencio impuesto por la dictadura franquista, como forma de rechazo y expresión íntima de su repulsa y grito de dolor.
En su parte etnográfica y literaria, el poema integra: desaparición forzada, memoria sentida desde los aspectos más femeninos (los hombres han expresado un sentimiento más distante y oculto sobre la memoria) y un intento de transmisión intergeneracional. Se comporta como un texto interpretativo de los sentimientos personales (más de las mujeres —madres, hijas, viudas— de la familia) que no necesita demasiada explicación. La lucha contra el olvido de lo que somos es dolorosa, ya que ese dolor forma parte del ADN de lo que somos como pueblo, que no se porqué se quiere pasar de soslayo y hurtadilla.
La muerte es un estado prolongado de indeterminación, por lo que la voz “dormida” y oída en el “lecho inerte de la muerte”, no confirma, sino que pone en duda su propia presencia. El duelo “sin cuerpo” y “sin ritual”, característicos de las desapariciones forzadas y políticas, suspenden el derecho a una sepultura y a la memoria pública.
La voz femenina ha situado la memoria como una experiencia histórica en la que las mujeres han sido las depositarias del recuerdo, que al mismo tiempo, las más obligadas al silencio. En el poema hay un duelo escindido entre el sentimiento privado y familiar y lo colectivo, como desmemoria pública. El “olvido” se comporta como una forma de violencia institucional en el campo de lo visible, contable y decible. El dolor personal, se acrecienta con la indiferencia social y política, que se intenta que las generaciones futuras lo retomen mientras no se haya reconocido y dignificado por la sociedad.
En esta caso, el dispositivo de transmisión intergeneracional pretende que siga siendo oída por los que no la conocieron directamente. La memoria, no se comporta como dato de archivo, sino como afecto persistente y expresivo de un lenguaje que se convierte en una forma de cuidado y constancia, como un gesto mínimo de restitución de la memoria frente a la desaparición.

Esta página tiene derechos de autor y todo está dirigido a conocer la historia de un buen hombre.
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